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Trabajamos con vecinos, comercios, consorcios, espacios comunitarios y áreas de espacio público. No llegamos con una propuesta cerrada: llegamos a escuchar cómo se usa ese banco, esa vereda, ese cantero, y a ordenar juntos lo que hace falta para que la intervención dure lo que tenga que durar.
Antes de sumar un fragmento a un banco con historias, la persona que lo aporta revisa el texto y da su visto bueno. Nada se publica sin ese paso, y si alguien cambia de idea, se retira sin discusión.
Cada intervención en espacio público se conversa con el área que administra ese lugar. Ese trámite no lo salteamos ni lo delegamos: forma parte del trabajo y define qué se puede hacer y qué no.
Los jardines diminutos usan especies nativas o adaptadas al clima porteño, de bajo consumo de agua. Se eligen por resistencia, no por espectáculo, y se acompañan con una ficha simple de cuidado para quien quede cerca.
Las instalaciones participativas se arman con materiales desmontables y se levantan al terminar la jornada acordada. Lo que queda es un registro de lo que pasó, no una estructura fija en la plaza.
Los mapas de descubrimientos locales salen de caminatas hechas a pie y de aportes recibidos por formulario o en talleres abiertos. Se publican con descripciones en texto, no solo con íconos, para que sean legibles con lectores de pantalla.
Antes de empezar definimos quién riega, quién avisa si algo se rompe y a quién se recurre. No prometemos obras permanentes ni resultados medibles: documentamos lo que ocurrió y dejamos el espacio en condiciones.
Si querés ver cómo se traduce esto en la práctica, podés revisar los tipos de intervención que ofrecemos o consultar los materiales y fichas de cuidado que compartimos abiertamente.